Proyecto Roma

Alicia LlanasInformación

Estuve leyendo sobre el Miguel Lopez Melero y el Proyecto Roma (gracias a Ana Pastor) leí el escrito obligatorio dentro del Proyecto Roma y se llama : ‘Como educar a Alvarito

La pregunta inspiradora para iniciar el Proyecto Roma fue: ¿La inteligencia se hereda o se construye?

Cuantas veces hemos escuchado : ellos no van a aprender, ellos no van a poder, para que enseñarle esto o aquello?, en lo personal no lo he escuchado más que dos veces, y las dos veces venían de ‘profesionales’ en educación especial. Me dolió saber que había gente que pensará que mi hijo no iba a poder ir más allá, y al final se quedaron con la idea de que yo estaba alucinando, que no estaba consciente del síndrome, que estaba negada ante la realidad y no es eso, simplemente nosotros como familia no le ponemos obstáculos a Elías, entonces tampoco queremos que otros vengan y le pongan obstáculos, el puede aprender! y queremos que se le dé la oportunidad.

Miguel López Melero, catedrático de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Málaga y uno de los artífices del Proyecto Roma, en el que ha participado Pablo Pineda desde que tenía seis años, rechaza de forma tajante que sus capacidades intelectuales y sociales tengan algo que ver con sus posibilidades genéticas.

«Genéticamente hablando, los que tienen Síndrome Down se dividen en Mosaico, Traslocación y No Disyunción(Regular). En principio, estos últimos serían los que tienen menos posibilidades congnitivas. En este grupo está el 95% de los síndrome de Down, y en este grupo está Pablo Pineda».

López Melero explica que ha trabajado con Pineda durante 28 años -desde que Pablo tenía seis- y que su desarrollo intelectual y social, además de por el entorno familiar, ha sido posible por el modelo educativo seguido a través de Proyecto Roma: «Hay dos modelos educativos y dos prácticas en la escuela. En uno, los profesores y los padres piensan por el niño desde que nace y generan en él un comportamiento dependiente. En el nuestro, los maestros y los padres confían en las posibilidades del chico y desde que nace se le trata de forma normal, con las mismas exigencias que a cualquier otro.

El desarrollo humano depende de las interacciones con los demás. No hay que cambiar a las personas, hay que cambiar al sistema.

«Yo no digo que no presenten mayor precariedad cognitiva y menos conexiones sinápticas; digo que si la educación que se les da es inferior, su desarrollo será inferior. La genética puede condicionar el aprendizaje, pero en ningún caso lo determina».

Esto lo saque de una entrevista que le hicieron a Pablo Pineda, relacionado a Proyecto Roma, sus papás y como el creció:

Dice Pablo Pineda que la primera noticia de que tenía Síndrome de Down la tuvo a los seis o siete años. “Un profesor de universidad que llevaba el Proyecto Roma, don Miguel Melero, en el despacho del director me preguntó: ‘¿Tú sabes que tienes síndrome de Down?’. Yo, inocentemente, le dije que sí, aunque no tenía ni idea. Él lo notó y se puso a explicarme qué era eso, aunque no era genetista, sino pedagogo. Y yo, como a todo le saco punta y tengo esa agudeza mental, le dije: ‘Don Miguel, ¿soy tonto?’.”

Él me dijo que no era tonto, y le pregunté: “¿Y voy a poder seguir estudiando?”. El me dijo: “Sí, por supuesto”.

En casa, mis padres nunca me habían comentado nada, pero después de la primera noticia le pregunté a mi madre: “¿Es verdad que soy síndrome de Down?”. Estaba con mi hermano Pedro, el mayor, que estudiaba medicina en aquella época, y empezó a explicarme lo que era la genética, los genes; así me fui enterando. Y volví a hacerles la misma pregunta que al profesor: “¿Puedo seguir estudiando?” “Claro”, dijeron los dos, “sin problemas”. Estaba muy a gusto en el colegio, con mis compañeros. Luego, durante un tiempo, no tuve interés de saber más; hasta que empecé a estudiar la carrera de magisterio, a los 21 años, al tocar el campo de la educación especial: ahí es cuando me entero de lo que es esta discapacidad. Aunque, al describirla, los libros hablaban de que era una enfermedad y de la cultura del déficit, de todos los problemas que tienen. Muy negativo. Y cuando empecé a leerlo me dije: yo no soy así.

Las diferencias no se explican genéticamente, se explican culturalmente. Ahí es donde se marca la diferencia entre un Down que puede llegar a estudiar y otro que no. Pero nos dividen entre niños mosaicos, o Down por traslocación, o puros; ésas son las tres clases de Down que existen, genéticamente hablando. Yo soy puro, soy normal. Dicen que los mosaicos tienen más capacidad que los otros, pero resulta que yo no soy mosaico… Así que mi caso deja bien claro que lo genético no explica la diferencia. Ya me lo han dicho más veces, que tengo que ser mosaico, y que de otro modo no se lo explican. A veces la comunidad científica y la gente es torpe, y no entiende nada que la genética no les explique.

Es como admitir de entrada que no hay nada que se pueda hacer por nosotros, como si no pudiéramos ser estimulados, como si no pudieran enseñarnos. De ese modo no tienen que asumir su responsabilidad.

Nada de esto hubiera ocurrido si mi mamá no hubiera actuado como lo hizo. Y de una madre no corriente nace un síndrome de Down que para mucha gente no es corriente.

Mis papás, más que consultar a los médicos, eran ellos los que decían a los médicos qué había que hacer. Ellos decían: este niño no podrá aprender más que las cosas más sencillas, y mis padres no les hacían caso: tu ocúpate de las amígdalas, que yo me ocupo de su educación. Nunca creyeron que no podría aprender, nunca creyeron a mi médico, y eso que era muy bueno y me quería mucho, pero su mentalidad era de aquella época. Mis padres siempre pensaron que yo debía ser autónomo y me educaron para ello. Don Miguel López Melero ha sido un acicate. Cuando era niño, me hacía pequeñas putaditas. Por ejemplo, decirme que me iba a recoger y luego no venir, dejarme solo, para ver qué hacía. Fíjate qué listo. Y yo, además de maldecir a toda su parentela y de estar muerto de hambre, pues tenía que arreglarme la vida, tomaba un autobús. Toda una aventura. Todos, mis padres, mi hermano, mi tío, se turnaban para espiarme detrás de un periódico, como detectives. Incluso si caían cuatro gotas y le pedía a mi padre que me llevara al colegio, me decía: “Ponte el impermeable y vete en autobús”. Mis padres han sido fuertes, nunca han cedido, nunca les he pillado el punto débil.